No recuerdo exactamente el momento en que el Tarot entró en mi vida.
No fue un evento dramático ni una revelación repentina. Fue más bien algo silencioso… como cuando una semilla empieza a crecer bajo la tierra sin que uno se dé cuenta.
Con el tiempo entendí que el Tarot no era solo un conjunto de cartas.
Era un lenguaje.
Un lenguaje extraño al principio, lleno de símbolos, personajes y escenas que parecían venir de otro tiempo. Pero mientras más lo miraba, más sentía que esas imágenes hablaban de algo profundamente humano: nuestras dudas, nuestros miedos, nuestras esperanzas y nuestras decisiones.
El Tarot no me enseñó a predecir el futuro.
Me enseñó a mirar la vida con más profundidad.
Cada carta es un espejo.
A veces un espejo amable.
A veces uno incómodo.
Pero siempre un espejo honesto.